basílica

Una vez construida la nueva Basílica de Arantzazu (1955) faltaba decorarla según se había establecido: la escultura la realizaría Jorge Oteiza, las pinturas de la cripta Néstor Basterretxea, el ábside Carlos Pascual de Lara, las vidrieras Javier Álvarez de Eulate y las puertas Eduardo Chillida.

Rápidamente comenzaron las críticas contra algunas de las obras de decoración por no adecuarse a las normas del arte eclesiástico clásico. La censura no cargó ni contra Chillida ni contra Álvarez de Eulate por lo que pudieron terminar sus trabajos sin problemas. No obstante, Oteiza, Lara y Basterretxea tuvieron que presentar una memoria justificativa y unos bocetos de sus obras ante el Obispo de San Sebastián, Jaime Font Andreu.

Esperando la definitiva aprobación del Obispado, continuaron trabajando en Arantzazu hasta que en noviembre de 1954 llegó la prohibición. Font Andreu ordenó la suspensión de la decoración de la Basílica y envió a Roma los bocetos y la memoria de los artistas para su estudio y fallo definitivo. Mientras esperaban una respuesta los artistas abandonaron Arantzazu. Las noticias que llegaron desde Roma en verano de 1955 fueron las siguientes: “Esta Pontificia Comisión que cuida del decoro del Arte Sagrado según las directrices de la Santa Sede, tiene el dolor de no poder aprobar los proyectos presentados”. El Obispo de San Sebastián asumió este informe proveniente de Roma, le adjudicó una capacidad prohibitiva que en realidad no tenía y rebatió lo que un año atrás había decidido.

Tuvieron que transcurrir muchos años para que el problema de la decoración se viera solucionado y no sin sobresaltos. Los apóstoles de Oteiza, por ejemplo, quedaron tirados en la cuneta durante catorce años y la nueva cripta de Basterretxea no fue terminada hasta 1985. A esto hay que sumarle el hecho de que Pascual de Lara falleciera repentinamente tres años después de la prohibición, con lo que hubo que elegir a otro artista. El ábside de Lucio Muñoz fue inaugurado en 1962.

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