berriak

“Quise unir un símbolo de pobreza al trabajo hecho para una Basílica de la orden
franciscana, para comulgar con el espíritu de San Francisco, un ser maravilloso.
Y usé el círculo de simbología solar en homenaje a su Cántico del Sol”.

Eduardo Chillida

En 1954 los directores de la Basílica de Arantzazu encargaron al escultor Eduardo Chillida la realización de las puertas de acceso a la misma. El artista vasco estaba empezando a ser reconocido internacionalmente, como lo demuestra el Diploma de Honor de la Trienal de Milán que recibió aquel mismo año.

Recién llegado de París y tras su contacto con las vanguardias europeas, se había instalado en Hernani. “Aquí supe quién era yo. Vi un día por casualidad, que en frente de mi casa había una ferrería, y descubrí aquel mundo oscuro, lejano, primitivo. Descubrí allí el hierro trabajado a golpe de martillo”. Hierro al que ya nunca abandonaría.

Ese hierro, bruto e infernal de la fragua, es el que utilizó para crear las cuatro puertas de acceso al templo. Unas puertas que están casi sumidas en la tierra tras el descenso de una empinada escalinata y que sugieren el ingreso al mundo de las regiones subterráneas. Forman un collage metálico mediante la superposición de chapas con diferente bruñido. Los ritmos horizontales y verticales de las láminas de hierro, unas sobre otras, crean un espacio de geometrías puras. Las puertas suponen una obra sobria, racional y abstracta cuyos únicos referentes parecen ser el sol y la luna, algún tronco de espino y algunas cruces que inesperadamente surgen y se plasman.

Para realizarlas recogió chatarras y desechos industriales del puerto de Zumaia y unas láminas de la empresa metalúrgica legazpiarra de Patricio Echeverría a las que el mismo Echeverría quitó el reviro diciéndole a Chillida dónde debía golpear. Los materiales utilizados representan la pobreza y la austeridad propia de la orden franciscana.

El artista no pretendía hacer unas puertas donde se colocaran esculturas, sino que ellas mismas fueran las esculturas. No todo el mundo se dio cuenta de esa dualidad y puede que por esa razón fueran las puertas, junto con las vidrieras, las únicas obras que pudieron terminarse en 1955 sin problemas superando la prohibición de las autoridades.

Eduardo Chillida nació en San Sebastián el 10 de enero de 1924. Está considerado como uno de los más importantes escultores del siglo XX. Desde que se diera a conocer en la escena internacional en los años 50, su obra ha quedado representada en los principales museos y colecciones de arte de Europa y Estados Unidos y más de 40 esculturas suyas están repartidas por distintas ciudades del mundo. Recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Artes en 1987.

En 1943 se trasladó a Madrid para comenzar la carrera de arquitectura. Cuatro años más tarde abandonó la facultad para dedicarse exclusivamente al dibujo y la escultura. En 1948, buscando un ambiente creativo más propicio al que se vivía en la España franquista, se instaló en París, donde conoció de primera mano la obra de artistas como Picasso o Brancusi. En esta etapa sus esculturas aún estaban influenciadas por la tradición figurativa. Cuando en 1951 regresó al País Vasco, comenzó a trabajar en la fragua de Manuel Illarramendi. En ese contexto realizó la obra, Ilarik, que supuso un antes y un después en su trayectoria artística. Ésta fue su primera escultura abstracta.

A lo largo de sus más de cincuenta años de trayectoria Chillida exploró conceptos como el vacío y el volumen, la luz y la sombra y el límite y la infinitud. El material del que estaban hechos sus trabajos (hierro, piedra, acero, hormigón, etc.) no fue para él un fin en sí mismo. Como tampoco lo fueron las formas que utilizó. Más allá de la materia y la forma, lo que quiso expresar a través de sus obras fue una concepción ética, mística y trascendental de la existencia.

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